jueves, 13 de noviembre de 2008

Los jueves del Negro… Y ES QUE YO FUI EL PRIMERO


Capítulo 5 (PARTE IV): Tortura, caminata e indignación en el Monte Calvario

Las horas de Jesuli estaban contadas… una vez que el populacho decidió que Barabass quedara en libertad, el Mesías fue trasladado a las mazmorras del palacio de PoPi para ser torturado de la manera más ruin y dolorosa. Jesuli, despojado ya de sus ropajes, atado a una columna. Era una columna del Pérez Sauci,... para que os fijéis en la maldad con la que actuaban los romanos. Allí fue sometido a largas tandas de azotes, pellizquitos de monja, pamplis y sardinetas… e incluso se llevó la tercera de tiburón a pesar de que Jesuli dijo tres (no se juega),… cuanta crueldad. Pero ahí no acabó la tortura. Los romanos más chulos, los que se sientan al fondo de las galeras y las cuádrigas cuando van de excursión, le hicieron comerse seis cajas de Hojaldrina Mata de la Navidad del 97, pero Jesuli tragó estoicamente, y eso que no le dieron ni una copita de anís ni ná. Como colofón le cubrieron su cuerpo desnudo con una túnica de la Sentencia -por la que le cobraron 30 euros y tenía que devolverla- y le colocarón en la cabeza una corona de espinas de acedía, que Jesuli parecía el Dani Obregón en los Pájaro Espino.

El Mesías apenas se tenía en pie cuando fue conducido al cuarto de las cruces. “Esta de aquí nos está saliendo mu buena, es de caoba… te la dejo en 300 euros,… pero porque es pa ti”, le dijo el vendedor de cruces. Pero Jesuli sólo llevaba encima dos euros, así que con ese dinero sólo le pudieron dar una Cruzcampo y dos vasos. Y así empezó Jesuli su tortuosa caminata hacia el Monte Calvario, bebiendo de la Cruzcampo a morro y con los dos vasos al hombro. Entre la paliza que le habían dado y la borrachera que estaba cogiendo, Jesuli iba dando camballá y dos o tres veces se cayó al suelo, igualito que el Bola camino de la Punta. En uno de sus pellejazos, una joven se le acercó, le ayudó a levantarse y le ofreció un pañuelo. Jesuli se sonó la nariz y, para sorpresa de todos los presentes, en el pañuelo quedaron grabadas sus más verduzcas interioridades.

Por fin llegó Jesuli a la cima de monte. Lo tumbaron en el suelo, le clavaron las manos a los vasos de plástico y los pies se los amarraron como pudieron a la botella. Como es lógico, la muchedumbre que observaba la estampa estaba indignada: “Vaya mierda de crucifixión”, gritaban unos. “Yo también quiero morir así, pero con una botella de Legendario”, chillaban otros. Cuando quisieron izar a Jesuli a las escuadras de madera en las que se sostenían las cruces de los condenados, éste se cayó y se dio un mal golpe en la cabeza. No estaba muerto… que estaba de parranda. La crucifixión de Jesuli se estaba convirtiendo en un cachondeo y al momento ya había por allí un montón de gente de botellón… estaba hasta la china que vende flores y cachivaches con luces de colores.
Jesuli hasta se había espabilado ya y estaba pidiéndole a un chavalito un vaso pa echarse un cubata: “Chavá, chavá… tiene una vasito por ahí, que los míos tienen un boquete…”.

En lo mejor de la fiesta llegó un sargento romano que acabó con la parranda y ordenó traer una cruz en condiciones para ajusticiar a Jesuli, que por entonces estaba trajinándose a un pibita. El Salvador creía que había burlado a su muerte, pero ésta tan sólo se había pospuesto unas horas…

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